El abuelo y el molcajete
Todo comenzó en una cocina de tierra, donde el abuelo molía chiles secos en un molcajete heredado y los mezclaba con tomates de la milpa. No medía: lo hacía con las manos y con el olfato. Decía que "la salsa buena no se piensa, se siente."
Aquella primera salsa nunca tuvo nombre. Era simplemente "la del abuelo". Las visitas la pedían como tesoro y siempre se iban con un frasquito improvisado en la bolsa.